La mayoría de las iglesias de las denominaciones tradicionales se han quedado sin ideas. Lo demuestra su apego por utilizar en sus planes de trabajo los famosos “40 días con propósito”. «50 días de Fé», G12, Modelo de Jesus, Visión Celular, Ect. Observan como los mejores modelos a aquellas congregaciones que tienen miles en cantidad de miembros, templos más grandes y sofisticados, entre otras cuestiones que llenan la vista y despiertan la sensualidad (y por qué no, la frivolidad de algunos).
Esto tiene su razones, pues nada es porque sí. En primer lugar, sus modelos de misión ya no responden a las circunstancias actuales; en segundo lugar, las iglesias neo-pentecostales y sus “logros” dominan el panorama evangélico, representando toda una “cultura” que se ha impuesto, sin lugar a que se discuta.
La Iglesia no debe mirar los modelos de afuera, sino a sí misma. Observar sus propias necesidades, y no comprar las ideas que ofrece el mercado, con sus mega-iglesias y sus G12, que crean cristianos sin capacidad de reflexión bíblica y teológica, que solo obedecen y repiten lo que les indican sus “ungidos”.
Estas realidades han obligado a las iglesias tradicionales a olvidarse de sus formas de trabajar su misión. Muchas congregaciones que enarbolaban las banderas de la misión integral, e incluso con postura ecuménica, las han abandonado; acomodándose al sistema de la iglesia como una empresa que acumula más bienes y más miembros, y comprendiendo que esos resultados son el resultado de una Gran Comisión “que todos están obligados a cumplir”, como si la misión de la Iglesia se limitara solo a lo que dice Mateo 28.19, cuando toda la Biblia nos muestra un panorama más amplio de la Misión de Dios, más allá del mero proselitismo para llenar bancas en los templos evangélicos.
La raíz de todos los males está en que muchas iglesias tradicionales se quedaron sin liderazgo, apareciendo personas que llegaron a ocupar posiciones de poder sin imaginación ni visión; limitándose solo a calcar y copiar lo foráneo. Y no contentos con ello, difunden esto como el “pensamiento único” en la Iglesia, y predican la idea de que todo aquel que se opone “atenta contra la unidad”, y por ello, o es aislado, y hasta sancionado.
Por ello, es necesario avanzar más allá de las críticas (solo nos quedamos en lo mencionado líneas arriba) y construir una propuesta alternativa.
Esta introspección debe ser realizada con la participación de sus miembros, y así construir sobre la base de un acuerdo, o un consenso (porque no todos pensamos igual), una propuesta nueva para la Iglesia, con una misión original, basada (obviamente) en la Biblia, partiendo de un estudio y reflexión teológica contextual, y no con la literalista de Mateo 28.19, que debe ser leído (y releído) en su contexto
La misión que pretendamos construir tiene que ser aplicable a nuestra realidad, considerando no solo la eclesial, pues la Iglesia no es una isla. También hay que tomar en cuenta el contexto social en que vivimos, y que hay que dar respuesta a sus problemas, tanto de palabra como de hecho.
En pocas palabras, una misión construida por la propia Iglesia, no copiada ni calcada. Porque la Iglesia la hacen sus miembros, todos aquellos que confiesan su fe en Jesucristo, y no ciertos pastores que se hacen ricos con la fe (como diría Ricardo Arjona), que cada vez están más preocupados por difundir “su” Evangelio. Porque en la Iglesia del Señor todos somos iguales, y no existen los “iluminados” ni “ungidos”. Al neo-pentecostalismo hay que decirle no.
Gracias Víctor Liza Jaramillo


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