El cristianismo no es una religión. Se trata más bien de un estilo de vida que es el resultado directo de una relación personal con Jesucristo. Cuando se le pregunta a un creyente cuándo se convirtió en un cristiano, con toda naturalidad responde:“El día que conocí personalmente a Jesucristo”.
Esa respuesta tan simple conlleva una de las verdades más interesantes de la historia de la humanidad: el hecho de que Jesucristo está vivo
y no muerto y que seguirá viviendo por los siglos de los siglos (Apocalipsis 1:12).
¡Concepto difícil de asimilar para alguien que no lo ha visto, o no lo ha conocido! No obstante, es sumamente sencillo de asimilar para una anciana o un niño que bien pueden ser analfabetos y carecer de elocuentes respuestas científicas o teológicas, pero que con toda seguridad y convicción saben que Aquel a quien han visto y conocido es, ni más ni menos, el Hijo de Dios en persona.Las grandes religiones han tenido líderes carismáticos que no solo las han fundado, sino que a través de los años han logrado reclutar el interés y culto de millones de seguidores, generación tras generación. Sin embargo, cada uno de estos líderes ha muerto y es relativamente fácil encontrar sus tumbas.
Ninguno volvió a verlos después de su muerte. Vivieron como cualquier otro ser humano, pero su vida natural llegó a un fin. ¡Qué diferencia del cristianismo, la única creencia (no me gusta llamarla religión) en donde se adora a un Dios vivo que, además, habita dentro de cada uno de sus fieles! Es impresionante.
No existe en toda la Tierra ni en toda la historia una creencia, religión o filosofía que crea algo similar. Probablemente por eso sea el foco de burla y crítica acérrima, donde los que no la han experimentado tildan de ridículos, supersticiosos o ignorantes a quienes creemos en Él.
Sin embargo, lo que le da validez al cristianismo es precisamente el hecho de la “resurrección de Cristo”. Cuando el apóstol san Pablo escribió su primera carta a los corintios, aún estaba vigente el innegable testimonio de aquellos que habían visto al Cristo resucitado con sus propios ojos.
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las escrituras.Y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las escrituras, y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales, muchos viven aún, y otros ya duermen.” (1 Corintios 15:3-6).
En otras palabras, Pablo dice: En caso de duda, tenemos pruebas indubitables. La realidad de la resurrección vino a confirmarle a la Iglesia Primitiva la veracidad de las palabras de Cristo respecto de la vida venidera.
De pronto, esta vida temporal perdió toda su importancia, y los ojos y el corazón de sus discípulos fueron puestos en la vida eterna. De no ser así, ¿cómo podríamos explicar que ese inmenso número de mártires cristianos jamás ofreció resistencia ante el implacable Imperio Romano?
Ante la verdad de que Jesús y un grupo de discípulos carentes de una gran educación, que eran más bien “… hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13) llegaron a trastornar el mundo de su época y a transformar el Imperio Romano,3 debemos
reconocer que la razón fundamental del poder que demostraron se debió a la resurrección de Cristo.
Es el mensaje del Evangelio de Cristo, aunado a su resurrección lo que hoy nos llena de esperanza para creer que podemos afectar (y hasta trastornar)
a nuestras ciudades y naciones con el poder transformador que proviene de Dios.
Por Harold Caballeros Es Pastor de la Iglesia El Shaddai, en la ciudad de Guatemala.
Fuente: Sigueme.net


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