ENSEÑAR CON EL EJEMPLO

Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Mateo 23.1–3

No pocas veces hemos visto dentro de la congregación local amargas peleas entre personas que se disputan el liderazgo. Las acusaciones van y vienen, y cada uno intenta demostrar que el otro es un usurpador.

No hay duda de que los fariseos y los escribas eran personas indignas de ocupar un lugar de influencia dentro de la sociedad Judía. Sin embargo, Cristo no atacó su posición de liderazgo. Reconoció que se habían sentado en la cátedra de Moisés y que ocupaban, por lo tanto, un lugar de privilegio. En lugar de cuestionar el lugar donde estaban ubicados, Cristo cuestionó el uso que estaban haciendo de esa posición de responsabilidad.

El hecho es que todo maestro va a ser juzgado, sea o no digno del puesto que ocupa. Por esta razón, Santiago advertía «no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Santiago 3.1). La principal objeción que el Hijo de Dios hacía en cuanto a los fariseos era que su enseñanza era contradictoria, pues decían una cosa y hacían algo totalmente diferente.

Este es uno de los problemas más comunes que sufren los maestros. Su enseñanza es teórica y no impacta. La falta de impacto no tiene que ver con el hecho de que su doctrina es errada. Muchas veces lo que comparten estas personas, desde una perspectiva bíblica, es prolijo y acertado. Pero la abundancia de sus enseñanzas no producen cambios en los que los escuchan porque no están respaldadas por una vida que ejemplifica esas verdades.

Cuando Cristo terminó de predicar el Sermón del Monte, las multitudes se maravillaban porque «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mateo 7.29). El impacto de sus enseñanzas, sin duda, tenía que ver con el hecho de que no había distancia entre lo que el Mesías enseñaba y lo que vivía. Su testimonio personal respaldaba los dichos de su boca.

Esto no quiere decir que, como maestros, debemos ser perfectos. Estamos en el proceso de madurar y crecer a su imagen. Pero sí debe haber, de nuestra parte, un compromiso serio de practicar aquello que pretendemos que otros practiquen. Este compromiso es lo que muchas veces le quita la dureza a nuestras enseñanzas, porque quien intenta practicar la vida espiritual se da cuenta que el proceso es más complejo que la aparente sencillez que pretenden nuestras enseñanzas. El que lucha todos los días por vivir lo que enseña, puede ser tierno y compasivo con los demás, porque se da cuenta que la vida no es tan fácil como parece.

En su libro Las siete leyes del maestro, el Dr. Howard Hendricks escribe: «Si usted deja de crecer hoy, deja de enseñar mañana. Ni la personalidad, ni la metodología pueden reemplazar este principio. Usted no puede enseñar desde el vacío. No puede compartir lo que no posee… La enseñanza efectiva viene a través de personas transformadas. Cuanto más transformado, más efectivo como maestro».

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