
Por Israel Valenzuela
En los últimos años se ha vuelto común encontrar en las redes sociales personas que aseguran haber recibido revelaciones acerca de terremotos, ciclones, tsunamis, guerras y otras catástrofes. Basta que ocurra una tragedia para que aparezcan videos diciendo: “Dios me lo mostró”, “yo había dicho que algo venía” o “el Señor me reveló que habría un gran terremoto”.
Pero debemos hacer una pregunta seria: ¿eso fue realmente una profecía? Decir simplemente “viene un terremoto” no demuestra necesariamente que Dios haya revelado algo. Jesucristo dijo hace aproximadamente dos mil años: “Y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7). Entonces, si alguien me dice: “Dios me mostró que vienen terremotos”, mi primera pregunta sería: ¿qué me estás diciendo que Jesús no haya dicho ya?
Una profecía debe contener suficiente contenido para que posteriormente pueda determinarse si realmente ocurrió lo anunciado. Mientras más general sea una declaración, más fácil será acomodarla después a cualquier acontecimiento. Decir: “Veo que la tierra se mueve”, “viene algo grande”, “veo agua”, “una nación será sacudida” o “algo sucederá próximamente” permite que prácticamente cualquier terremoto, inundación, tsunami, huracán o tragedia ocurrido en cualquier parte del planeta sea presentado después como cumplimiento. Eso no es una prueba seria.
Si alguien asegura que Dios le reveló un acontecimiento futuro, tenemos derecho a preguntar: ¿Qué sucederá? ¿Dónde sucederá? ¿Cuándo ocurrirá, si Dios realmente reveló el tiempo? ¿Qué características tendrá? ¿Y qué debemos hacer? Esto no significa que toda profecía bíblica tenga obligatoriamente que proporcionar fecha, hora, lugar y todos los detalles. La Biblia contiene profecías con diferentes niveles de especificidad. Pero cuanto más extraordinaria sea la afirmación, más cuidado debemos tener antes de proclamar que Dios habló.
Porque decir todos los años “viene un gran terremoto” hasta que finalmente ocurra uno no demuestra un don profético.
La Biblia nos ofrece ejemplos mucho más serios. Hechos 11 presenta al profeta Agabo anunciando “que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada” (Hechos 11:28). Pero lo interesante es que la revelación produjo una respuesta: “Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea” (Hechos 11:29).
La profecía no produjo espectadores; produjo preparación. No produjo simplemente reproducciones; produjo acción.
Lo mismo encontramos con José. Dios reveló mediante los sueños de Faraón que vendrían siete años de abundancia seguidos por siete años de hambre. Pero José no terminó diciendo: “Viene hambre”. Explicó lo que venía y qué debían hacer: administrar durante los años de abundancia para estar preparados para la escasez (Génesis 41).
Aquí surge una pregunta que debemos hacerles a muchos de los supuestos profetas modernos: si Dios te mostró la catástrofe, ¿para qué te la mostró? ¿Solamente para anunciarla en las redes? ¿Para conseguir miles de reproducciones? ¿Para esperar hasta que ocurra y volver a publicar el video diciendo: “Se los dije”? Cuando Dios advierte, la advertencia tiene propósito.
Jonás es otro ejemplo contundente. No llegó a Nínive diciendo: “Siento que algo fuerte viene”, “veo destrucción” o “Dios me mostró algo terrible”. Su mensaje fue concreto: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3:4). Había un acontecimiento anunciado, un período definido y una respuesta necesaria. Nínive entendió el mensaje y se arrepintió.
Por eso debemos dejar de impresionarnos fácilmente con declaraciones como: “Viene algo”, “veo agua”, “una nación será estremecida”, “habrá terremotos” o “algo grande sucederá”. Sonar profético no es lo mismo que profetizar.
Cuando ocurra una tragedia y alguien diga que la había profetizado, no me enseñes solamente el video después del acontecimiento. Enséñame lo que dijiste antes. ¿Qué dijo exactamente? ¿Dijo el país? ¿La región? ¿Describió el acontecimiento? ¿Estableció algún período? ¿Dio alguna instrucción? ¿O simplemente dijo seis meses atrás: “Veo un gran movimiento de tierra”?
En un planeta donde constantemente ocurren movimientos sísmicos, anunciar genéricamente que “la tierra temblará” y posteriormente reclamar cumplimiento merece, como mínimo, ser examinado.
Esto tampoco significa que debamos negar la profecía. Todo lo contrario. Precisamente porque creemos que Dios puede hablar, debemos proteger lo verdadero de aquello que pretende falsificarlo. Pablo escribió: “No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:20-21). La Biblia no dice que creamos todo, pero tampoco que rechacemos todo. Dice que examinemos todo.
La profecía tampoco puede convertirse en una especie de adivinación cristianizada. El propósito del profeta bíblico no era satisfacer la curiosidad de la gente acerca del futuro ni construir una celebridad alrededor de sus revelaciones. La profecía advierte, corrige, edifica, exhorta, consuela y comunica aquello que Dios quiere producir en su pueblo.
Por eso, la próxima vez que alguien diga: “Dios me mostró”, no necesariamente tenemos que atacarlo ni burlarnos. Hagamos una pregunta sencilla: ¿Qué exactamente te mostró Dios? Porque si la respuesta es simplemente que habrá terremotos, guerras, pestes y acontecimientos difíciles, Jesús ya nos lo dijo en Mateo 24.
Y si asegura haber recibido una advertencia específica, entonces también podemos preguntar: ¿para qué Dios nos está advirtiendo y qué debemos hacer?
Agabo anunció hambre y la Iglesia se preparó. José anunció escasez y Egipto almacenó alimento. Jonás anunció juicio y Nínive se arrepintió. La advertencia divina tenía propósito.
No quiero una generación cristiana aterrorizada esperando el próximo video viral. Quiero una Iglesia bíblica, madura y capaz de discernir. Decir “viene un terremoto” es fácil. Repetirlo durante años hasta que ocurra uno también.
No todo el que predice es profeta. No todo el que sueña recibió revelación. No todo el que acierta habló de parte de Dios. Y no todo el que dice “Dios me mostró” debe ser creído sin ser examinado.
La verdadera profecía no necesita esconderse detrás de generalidades para después reclamar cumplimiento. Si Dios habló, no tengamos miedo de examinar lo que fue dicho.
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