El Diablo no descansa nunca; siempre nos tienta a desobedecer al Señor. Y si bien nadie puede evitar la tentación, no hay por qué ceder ante ella. Dios, por medio de Su Espíritu, nos da a cada uno suficiente discernimiento para distinguir entre el bien y el mal, y luego nos deja escoger entre una cosa y otra, entre Él mismo y el Diablo. El Diablo no puede impedirnos decidir. Esto es algo que podemos hacer sin importar lo que él haga: ¡escoger! ¡Cada uno de nosotros tiene voluntad propia y podemos ignorarlo! “¡Sométete a Dios; resiste al Diablo y huirá de ti!” (Stg.4:7)
El Diablo no puede vencerte a menos que te rindas ante él, ¡pues “mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo”! (1Jn.4:4) Sólo podrá derrotarte si cedes, si abandonas, si te das por vencido o dejas de luchar. ¡Si sigues combatiendo, seguirás venciendo! Así pues, si el Diablo te tienta a la depresión y el desaliento, ¡pelea! ¡Ciérrale la puerta en las narices y ni siquiera le escuches! ¡Y mucho menos te rindas! ¡De ese modo no tendrás ocasión de escuchar sus mentiras ni de creerlas!
“¡No des lugar al Diablo!” (Efe.4:27) ¡Aleluya!


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