Desde el principio de la historia humana existe un fenómeno constante: el hombre celebra sus victorias y evade sus fracasos. Levantamos las manos cuando llega la bendición, pero bajamos la cabeza cuando llega la consecuencia. Somos rápidos para agradecer y lentos para responsabilizarnos. Aplaudimos a Dios cuando abre puertas, pero cuando se cierran miramos alrededor buscando culpables.Queremos soluciones, no procesos; buscamos milagros, pero evitamos principios. Hablamos de fe para pedir, pero nunca para obedecer.

La mente humana tiene un mecanismo de defensa muy sofisticado: la evasión. Cuando las cosas no salen como imaginábamos se activan preguntas que no buscan respuestas, sino excusas. ¿Qué pasó? ¿En qué fallé? ¿Por qué no llegó? ¿Por qué el cielo no respondió? Y la pregunta final que siempre aparece: ¿Quién tiene la culpa? Esa pregunta jamás mira al espejo; siempre mira a los lados.No buscamos discernimiento, buscamos a quién culpar. No buscamos dirección, buscamos un adversario. Y lo más dramático: buscamos demonios para camuflar irresponsabilidades.
No buscamos discernimiento, buscamos a quién culpar. No buscamos dirección, buscamos un adversario. Y lo más dramático: buscamos demonios para camuflar irresponsabilidades.
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