No podemos ceder terreno al enemigo…

No podemos ceder terreno al enemigo…

He conocido cristianos que tras servir al Señor, vuelven atrás y terminan en una vida disipada y pecaminosa. Le dieron espacio a Satanás, cayeron en la tentación de la mundanalidad y pagaron las consecuencias. Igual ocurrió con el rey Ezequías: «Entonces… envió a decir al rey de Asiria que estaba en Laquis: Yo he pecado; apártate de mi, y haré todo lo que me impongas. Y el rey de Asiria impuso a Ezequías rey de Judá trescientos talentos de plata, y treinta talentos de oro» (versículo 14).

Si le abrimos portillos y huecos en el vallado, el enemigo espiritual tomará ventaja. Es como un luchador tramposo; busca el descuido de su contendor para atacarle. Y lo hace. Igual ocurre con el mundo: Si jugamos con el fuego, nos quemamos. Si queremos participar de los placeres que nos ofrece la sociedad sin dejar de ser cristianos, nos engañamos y corremos el peligro de caer espiritualmente en la vida de fracaso de la que nos sacó el Señor Jesucristo.

Lo santo no se debe ni tiene que profanar

Todo aquello que consagramos para Dios, debe ser siempre para El. Si le consagramos nuestra vida, si pactamos vivir en santidad delante de Su presencia (no en nuestras fuerzas sino con la ayuda divina), debemos conservarnos en santidad, apartados del mal…

Lo grave es claudicar a nuestra palabra porque de nuevo nos veremos involucramos en el mundo de pecado, y le otorgamos al enemigo todo lo que por siempre debe corresponder sólo a Dios.

Así lo hizo el rey con su opresor Senaquerib. «Dio, por tanto, Ezequías toda la plata que fue hallada en la casa de Jehová, y en los tesoros de la casa real. Entonces Ezequías quitó el oro de las puertas del templo y de los quiciales que el mismo rey Ezequías había cubierto de oro, y lo dio al rey de Asiria» (versículos 15 y 16).

Si cedemos terreno, el enemigo pedirá más…

Cuando dejamos de orar, de leer la Biblia, de congregarnos, le concedemos terreno a Satanás. Y él no desaprovecha oportunidad. Por el contrario, siempre nos pedirá más. Ezequías recibió un nuevo requerimiento de su opresor, el rey Senaquerib: «¿Cómo, pues, podrás resistir a un capitán, al menor de los siervos de mi señor, aunque estés confiado en Egipto con sus carros y gente de a caballo?» (versículo 24).

¿Qué hacer ante una situación así? Esta pregunta la he escuchado muchas veces. Y de entrada permítame decirle que sí hay salida. Primero, es necesario que haya un arrepentimiento sincero en nuestro corazón. El segundo paso es pedir a Dios que tome control de nuestra vida…

Usted no puede seguir con esas ataduras, producto de caer de nuevo en el pecado. ¡Corte todo lazo de mundanalidad que le impide caminar rectamente delante del Señor! Dios espera una entrega absoluta. Es hora de comenzar ya…

Ah, y no olvide que es necesario deshacernos de todo aquello que nos puede recordar el pasado cuando estábamos inmersos en el pecado voluntario. Todo lo que nos evoque esa existencia miserable, debemos cortarlo y botar fuera todo recuerdo

Fuente: http://www.adorador.com

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